Pecados, Crímenes y Expiación

por Elder Dallin H. Oaks
Del Quorum of the Twelve Apostles
Discurso a los educadores religiosos del CES• 7 February 1992 • Temple Square Assembly Hall

Traducido no oficial de Miguel Alvear

Mis queridos hermanos y hermanas estoy muy agradecido por esta oportunidad de hablar a hombres y mujeres quienes han sido designados para enseñar el evangelio de Jesucristo a los jóvenes en nuestras escuelas de enseñanza media, pre-universitaria y universitaria. La de ustedes es una responsabilidad sagrada, ustedes son los custodios de la verdad y receptores de la confianza de sus estudiantes. Ellos los miran a ustedes como personas confiables con un currículo sagrado, su labor es santa y su actuación es por lo tanto sujeta da altas expectativas. Sus enseñanzas son, potencialmente, las más importantes que sus estudiantes recibirán. Todos nosotros, quienes hemos sido llamados o apartados como maestros de religión tenemos una responsabilidad muy seria y sagrada de tratar de hacer de nosotros mismos y nuestra actuación algo digno del gran mensaje que testificamos. ¡Que el Señor pueda bendecirnos mientras nos esforzamos por hacerlo!

Después que Enós clamó al Señor en poderosa oración todo el día y hasta el anochecer, una voz vino a el diciendo, “Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bendecido” (Enós 1:5). Sabiendo que el Señor no podía mentir Enós entendió que su culpa había sido limpiada, entonces, él hizo la pregunta que me da la base para mis comentarios: “Señor ¿Cómo se lleva esto a efecto?” (v.7).

Fue hecho por causa de la Expiación y su fe en el Redentor quién pagó el precio (v.8). Por una Expiación que es maravillosa y más allá de nuestra comprensión el sacrificio vicario del Cordero sin mancha que satisface la justicia de Dios. De esta manera recibimos la misericordia de Dios.

¿Pero qué es la justicia? Y ¿Qué es la misericordia? Y ¿Cómo se relacionan lo uno a lo otro? Estos conceptos son centrales en el evangelio de Jesucristo. Ellos son mal entendidos a veces porque son fácilmente con conceptos comparables que entendemos de nuestra preocupación mortal con aquello que llamamos la ley criminal. De hecho, nuestras ideas acerca de la justicia y la misericordia y las leyes de Dios son a veces delineadas y confundidas por aquellos que nosotros conocemos como la justicia criminal y como lo especifican las leyes de los hombres.

Los jóvenes que ustedes enseñan son susceptibles de estos malos entendidos, yo he por lo tanto escogido hablar acerca de la justicia, la misericordia y la Expiación, y acerca del arrepentimiento, la confesión y el sufrimiento.

Voy a comparar y contrastar cómo estas realidades se relacionan al contenido y el cumplimiento de las leyes de Dios y las leyes del hombre.

Espero que ayuden a sus estudiantes a entender estos importantes temas y a aplicarlos en sus propias vidas.

La justicia, la misericordia y la Expiación

Justicia tiene muchos significados. Uno de ellos es equilibrio. Un símbolo popular de justicia es una balanza equilibrada. De este modo cuando las leyes del hombre han sido violadas, la justicia usualmente requiere que un castigo sea impuesto, la penalización que restaure el equilibrio.

La gente generalmente siente que se ha hecho justicia cuando un delincuente recibe lo que él merece cuando el castigo se ajusta al crimen. Nuestra declaración de creencia de la Iglesia dice que “la comisión de crímenes debe castigarse bajo las leyes del hombre de acuerdo con la naturaleza de la ofensa” (DyC 134:8). La suprema preocupación de la ley humana es la justicia.

A diferencia de las cambiables leyes del hombre, las leyes de Dios son fijas y permanentes, “irrevocablemente decretadas en el cielo antes de la fundación de mundo” (DyC 130:20).

Estas leyes de Dios son de la misma manera concernientes a la justicia. La idea de justicia como aquello que uno merece es la premisa fundamental de todas las escrituras que hablan de que los hombres serán juzgados de acuerdo a sus obras. Alma declaró que era “indispensable para la justicia de Dios que los hombres sean

juzgados según sus obra” (Alma 41:3). El Salvador dijo a los Nefitas que todos los hombres serán llevados ante él para “ser juzgados por sus obras ya fueren buenas o malas” (3 Nefi 27:14). En su carta a los Romanos, Pable describió “El justo juicio de Dios” en términos de “pagar cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:5-6)

De acuerdo con la ley eterna las consecuencias que siguen con la justicia de Dios son severas y permanentes. Cuando un mandamiento es desobedecido, un castigo proporcional es impuesto. Esto pasa automáticamente. Los castigos prescritos por las leyes del hombre solo siguen a la acción de juez, pero bajo las leyes de Dios las consecuencias y penalidades del pecado son inherentes al hecho “mas se ha dado una ley y se ha fijado un castigo”, enseño el profeta Alma, y “la justicia demanda al ser viviente y ejecuta la ley y la ley impone el castigo” (Alma 42:22). “Y de esta manera vemos”, Alma explicó, “toda la humanidad se hallaba caída, y que estaba en manos de la justicia; si, la justicia de Dios que los consignaba para siempre a estar separados de su presencia” (v.14). Abinadí enseñó que el Señor mismo “no puede negar la justicia cuando esta reclama lo suyo” (Mosiah 15:27). En si misma la justicia es inflexible.

La justicia de Dios hace a cada uno responsable por nuestras propias transgresiones y automáticamente impone el castigo. Esta realidad debería penetrar nuestro entendimiento, y debería influenciar todas nuestras enseñanzas acerca de los mandamientos y el efecto de las transgresiones individuales. De acuerdo con las tradiciones legales del hombre, muchos parecen querer justicia. Es verdad que la justicia es un amigo que nos protegerá de los enemigos de la rectitud. Pero la justicia también verá que recibamos lo que merecemos, y eso es un resultado al cual temo. No puedo lograr mis metas eternas sobre la base de lo que merezco. A pesar de tratar con todo mi poder, todavía soy lo que el rey benjamín llamó “siervo inútil” (ver Mosiah 2:21). Para lograr mis metas eternas, yo necesito más de lo que merezco. Necesito más que justicia.

En realidad me recuerda un hecho que ocurrió en la oficina de leyes donde comencé a practicar la ley hace casi treinta y cinco años atrás.

Un político de Chicago había sido acusado de falsificar las cajas devotos. Un colega de nuestra oficina me dijo como ese político vino a la oficina a pedirnos que lo representáramos en su juicio criminal. “¿Qué puede hacer usted por mi?” preguntó. Nuestro colega replicó que si este cliente deseaba que nuestra firma condijera su defensa, investigaríamos los hechos, estudiaríamos la ley y presentaríamos la defensa en el juicio “de esta manera”, concluyó en abogado, “obtendremos para usted un juicio justo”.

El político se puso de pie prontamente, se puso el sombrero y salio de la oficina. Siguiéndolo por el vestíbulo, el abogado le preguntó si había dicho algo que lo ofendiera. “Nada”. “entonces ¿porqué se va? Le preguntó”. “Las probabilidades no son suficientes”, replicó el político.

Aquel hombre no necesitaría a nuestra oficina para representarlo en la corte, porque lo único que le prometíamos era un juicio justo y él sabia que necesitaba más que eso. El sabía que era culpable, y que solamente podría salvarse de la prisión por algo más favorable a el que la justicia.

¿Puede la justicia salvarnos? ¿Puede el hombre por si mismo sobreponerse a la muerte espiritual que sufre toda la humanidad debido a la caída, la cual nosotros traemos de nuevo sobre nosotros mismos debido a nuestros hechos pecaminosos? ¡NO! ¿Podemos “producir nuestra propia salvación”? ¡Nunca, mundos sin fin! “Y por la ley ninguna carne se justifica”, explico Lehi (2 Nefi 2:5). “La salvación no viene solo por la ley”, advirtió Abinadí (Mosiah a3:28). Shesapeare hace declarar a uno de sus personajes esta verdad “EN la vía de la justicia, ninguno de nosotros vería la salvación: oramos por la misericordia” (El mercader de Venecia, Acto IV escena 1 líneas 199 a la 200).

Sabemos de numerosas escrituras que “ninguna cosa impura” puede entrar al reino de Dios (Moisés 6:57; Nefi 10:21; Alma 40:21). Si vamos a regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial, necesitamos la intervención de alguna influencia poderosa que trascienda la justicia. Esa intervención poderosa es la Expiación de Jesucristo.

La buena nueva del evangelio es que debido a la Expiación de Jesucristo hay algo llamado misericordia. Misericordia significa una mayor ventaja de la que merecemos. Esto podría venir por el castigo merecido o por el otorgar un beneficio inmerecido.

Si la justicia es equilibrio, la misericordia e desequilibrio, si la justicia es exactamente lo que uno merece. En su relación a la justicia y la misericordia, la Expiación es el medio por el cual la justicia es servida y la misericordia es extendida. En combinación, la justicia, la misericordia y la Expiación constituyen la gloriosa y eterna totalidad de la justicia y misericordia de Dios.

La misericordia tiene diferentes manifestaciones en conexión con nuestra redención. La  resurrección universal de la muerte física es un acto incondicional de misericordia hecho posible por la Expiación. Alma

enseñó a Coriantón que “la misericordia viene a causa de la Expiación y la Expiación lleva a efecto la resurrección de los muertos (Alma 42:23).

Un segundo efecto de la Expiación tiene que ver con nuestra redención de la muerte espiritual. Somos redimidos de la caída de Adán sin condición. Somos redimidos de los efectos de nuestros pecados personales en la condición de nuestra obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

La Justicia es servida y la misericordia es extendida por el sufrimiento y el derramamiento de la sangre de Jesucristo. El Mesías “se ofrece a sí mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer las demandas de la ley” (2 Nefi 2:7; romanos 5:18-19). En esta manera “Dios mismo expía los pecados del mundo, para realizar el plan de la misericordia, para apaciguar las demandas de la justicia, para que Dios sea un Dios Perfecto, justo y misericordioso también” (Alma 42:15).

Todos dependemos de la misericordia de Dios el Padre, extendida a toda la humanidad por medio del sacrificio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Esta es la realidad central del evangelio. Este es el porque nosotros “Hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, Predicamos de Cristo… … para que nuestros hijos sepan a que fuente deben acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26). La realidad de nuestra total dependencia de Jesucristo para el logro de nuestras metas de inmortalidad y vidas eternas deberían dominar  cada enseñanza, cada testimonio y cada acción de cada alma tocada por  la luz del evangelio restaurado. Si enseñamos cualquier otro tema o principio con perfección y fallamos en este, hemos fallado nuestra misión más importante.

Leyes del hombre y leyes de Dios

Ahora me gustaría comparar las leyes de Dios y las leyes del hombre. Aquí voy a usar la pizarra blanca para nuestra audiencia televisiva en invito a ustedes en el Salón de Asambleas que no puedan ver la pizarra a que se refieran a la hoja que hemos distribuido (también incluido al final de este discurso).

Las leyes de Dios logran su propósito a través de la justicia, la misericordia y la Expiación. En contraste las leyes del hombre se enfocan en l ajusticia; ellos no tienen una teoría de la misericordia y no hacen ninguna mención de la Expiación. Este contraste aumenta la confusión que mencione al comienzo.

Ahora voy a proceder a considerar las posiciones contrastantes de las leyes de los hombres y las leyes de Dios en algunos temas relacionados como el arrepentimiento, confesión y el sufrimiento.

El requisito del arrepentimiento.

La necesidad. Los beneficios de la Expiación están sujetos a las condiciones prescritas por aquel que pagó el precio. Las condiciones incluyen arrepentirse. El requisito de arrepentirse es uno de los principales contrastes entre las leyes de Dios y las leyes del hombre.

Dios nos ha dicho a través de sus profetas que solamente aquellos que se arrepienten son perdonados (DyC 1:32; 58:42) El Elder Bruce R. McConkie lo dijo concisamente: El Mesías trajo “misericordia al arrepentido y la justicia al no arrepentido” (The Promised Messiah: The First Coming of Crist [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1978], p.337).

Alma enseñó que el “plan de redención no podría realizarse sino de acuerdo con las condiciones del arrepentimiento en este estado probatorio” (Alma 42:13). Amulek dijo que “aquel que no ejerce la fe para arrepentimiento queda sujeto a todas las disposiciones y exigencias de la justicia” (Alma 34:16). Finalmente, en esta dispensación nuestro redentor declaro. “Mas si no se arrepienten tendrán que padecer así como yo” (DyC 14:17).

Estas verdades eternas fundamentales en la doctrina del evangelio restaurado explica porque la disciplina de nuestra Iglesia se preocupa por ayudar al transgresor a arrepentirse. Estas verdades también explican  porque la evidencia de arrepentimiento es el factor más importante al determinar que disciplina de la Iglesia es necesaria para cumplir su principal propósito – salvar el alma del transgresor.

Confesión. Un segundo contraste tiene que ver con el rol de la confesión el transgresor o el criminal.

Bajo las leyes del hombre, una confesión solamente sirve como una fuerte evidencia de culpabilidad. No es esencial, ya que una persona acusada puede ser encontrada culpable sin una confesión si las otras evidencias de culpabilidad son suficientes.

Bajo las leyes de Dios, una confesión es absolutamente esencial ya que no hay arrepentimiento sin confesión. Leemos en 1º de Juan, “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1:9). Y en una revelación moderna el Señor declaró, “por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará” (DyC 58:43; 61:2; 64:7)

El arrepentimiento comienza cuando reconocemos que hemos hecho mal. Podríamos llamar a esto “confesión a si mismo”. Esto ocurre, dijo el presidente Spencer W. Kimball, cuando una persona esta deseosa “de pagar él mismo por las transgresiones sin disminuir o minimizar el error, estar deseoso de encarar los hechos, enfrentar el asunto, y pagar los castigos necesarios y hasta que la persona esté en este estado mental, él no ha comenzado a arrepentirse” (Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball [SALT Lake City: Bookcraft, 1982], p. 86). El siguiente paso para todos nuestros pecados es confesarlos al Señor en oración.

Además, cuando los pecados son de naturaleza seria deben ser  confesados  a los líderes del sacerdocio designados por el Señor – el obispo o Presidente de Rama o el Presidente de Estaca. Elder Marion G. Romney describió los pecados que debemos confesar al obispo como aquellas transgresiones “de tal naturaleza que podrían, si no nos arrepentimos, poner en peligro su derecho a la membresía o hermandad de la Iglesia de Jesucristo” (C.R., Oct. 1955, p. 125) Estas dos últimas confesiones son las que el Señor prescribe cuando se refiere a “confesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor” (DyC 59:12).

Restitución. Un tercer contraste tiene que ver con la restitución. La restitución es también un ingrediente esencial del arrepentimiento. Los transgresores deben hacer todo lo que ellos puedan para restaurar lo que sus transgresiones han tomado de otros. Esto incluye la confesión y la búsqueda del perdón de aquellos que hemos ofendido. También incluye el permitir que sea conocido lo necesario para proteger a aquellos que han sido puestos en peligro por su mal proceder. Por ejemplo ellos podrían necesitar alertar a otras personas de peligros para su salud o seguridad que las acciones del pecador han creado. Como  parte  de la restitución, los transgresores pueden también necesitar el hacer las revelaciones  a las autoridades  civiles y  aceptar  las consecuencias.

Los transgresores deben buscar en la necesidad de restitución – el restaurar aquello que han tomado de otros – como un privilegio. Donde la restitución pueda ser hecha, el arrepentimiento es más fácil. Cuando las transgresiones son tales que la restitución es muy difícil o aún imposible entonces el arrepentimiento es también mas difícil o aún imposible. Por ejemplo, los pecados más serios incluyen asesinato, el adulterio, la fornicación. No es coincidencia que sean estas las transgresiones para las cuales la restitución es difícil o imposible. Lo que esta comparación significa es que si algo es malo y no puede ser deshecho, nunca, nunca, nunca lo haga. Deseo que cada joven señorita entienda y practique este simple y vital principio. Esto no significa que somos libres de hacer cosas malas que pueden ser reparadas por la restitución, como robar. Estos son pecados también. El punto es que es probablemente más fácil arrepentirse de robar, donde usted puede hacer la restitución que el arrepentirse de algo como el abuso sexual, donde usted no puede hacer la restitución.

La restitución tiene mucho menos significado bajo las leyes del hombre. Mientras la corte criminal a veces sentenciara a un acusado a restaurar lo que tomó de una victima, tal restauración, es a lo  más, una preocupación incidental del castigo otorgado por el juez de la corte.

Sufrimiento. El cuarto contraste, el sufrimiento. Es probablemente el ingrediente más mal entendido del arrepentimiento. Este mal entendido puede resultar del hecho que hay un gran abismo entre el simple rol del sufrimiento bajo las leyes del hombre y su complejo rol bajo las leyes de Dios.

Las leyes del hombre deliberadamente inflingen castigo para hacer sufrir al criminal por su crimen. El castigo es el principal objeto de la ley del hombre. La corte criminal busca hacer que el ofensor pague sus ofensas, y esto se hace sin considerar si el ofensor esta arrepentido o no.

Algunos han mirado la disciplina de la Iglesia de la misma manera. Pero la sugerencia de que un oficial de la Iglesia o un consejo disciplinario deberían castigar a un transgresor a fin de que pague sus ofensas malentiende el propósito de la disciplina de la Iglesia y su relación (y la relación del sufrimiento) al arrepentimiento, la misericordia y la Expiación.

El transgresor no arrepentido. Bajo las leyes y justicia de Dios los transgresores son castigados. A través del profeta Isaías, el Señor dijo que él “castigaría a los habitantes de la tierra por su iniquidad” (Isaías 26:21). Alma enseñó que “¿Cómo podría haber una ley sin que hubiese castigo? Mas se fijo un castigo” por cada pecado (Alma 42: 17-18; ver Amós 3:1-2). Nuestro segundo articulo d efe declara nuestra creencia básica que los hombres serán castigados por sus propios pecados.

La justicia requiere que el transgresor no arrepentido sufra por sus propios pecados. Quizás la  mayor declaración de este principio en todas las escrituras es la revelación que el Señor dio a José Smith en Marzo de 1830, es el mes en que el Libro de Mormón se publicó y el mes en que la Iglesia fue organizada (DyC 19). Allí el Señor nos recordó de “el gran día del Juicio” cuando todos seremos juzgados de acuerdo con nuestras obras. El explicó que “sin fin” o “tormento eterno” o “castigo” que viene del pecado no es un castigo sin fin sino que es el castigo de Dios, que es Sin Fin y Eterno (v. 3, 6, 10-12).

En este escenario el Salvador de mundo nos mandó arrepentirnos y guardar los mandamientos. “Arrepiéntete”, él mando, “no sea que… …sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes, sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes”.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan si se arrepienten; pero si no se arrepienten tendrán que padecer así como yo” (ver 15-17).

El transgresor arrepentido. ¿Qué pasa con los transgresores arrepentidos? ¿Son ellos castigados? ¿Deben ellos sufrir? El castigo que conduce al arrepentimiento y el castigo que hace posible el arrepentimiento deben incluir el sufrimiento, pero ¿de quien es este sufrimiento – del pecador o del Salvador?

Citemos dos escrituras: (1) La declaración de Alma de que “el arrepentimiento no podía llegar a los hombres a menos que se fijara un castigo” (Alma 42:16)y (2) La revelación del Salvador de que él había “sufrido estas cosas por todos, para que no padezcan si se arrepienten; Pero si no se arrepienten tendrán que padecer así como yo” (DyC 19:17-18).

¿Significan estas escrituras que una persona que se arrepiente no necesita sufrir en ninguna manera porque el castigo completo es padecido por el Salvador?

Ese no puede ser el significado porque sería inconsistente con las otras enseñanzas del Salvador. Lo que significa es que la persona que se arrepiente no necesita sufrir “aun como” el Salvador sufrió por ese pecado. Los pecadores que se están arrepintiendo experimentaran algún sufrimiento, pero, debido a su arrepentimiento y debido a la Expiación, no experimentarán por completo “cuan doloroso” fue el tormento eterno del Salvador por ese pecado.

El presidente Spencer W. Kimball que dio enseñanzas sobre el arrepentimiento de tal claridad, dijo que el sufrimiento personal “es una parte muy importante del arrepentimiento. Uno no ha comenzado a arrepentirse hasta que ha sufrido intensamente por sus pecados” (Teaching of Spencer W. Kimball. p. 88).

“Si una persona no ha sufrido, no se ha arrepentido… “

“El tiene que pasar a través de un cambio en su sistema por lo cual él sufre y entonces el perdón es una posibilidad” (Teaching of Spencer W. Kimball p. 99).

Lehi enseñó este principio cuando dijo que el sacrificio expiatorio del Salvador fue por todos los de corazón quebrantado y espíritu contrito; y por nadie más responde ante los requerimientos de la ley” (2 Nefi 2:7). EL pecador arrepentido que viene con corazón quebrantado y un espíritu contrito ha pasado por un proceso de dolor y sufrimiento personal por el pecado. El entiende el significado de la declaración de Alma de que “nadie se salva sino los que verdaderamente se arrepienten” (Alma 42:24).

Bruce C. Hafen ha descrito cómo alguna gente piensa que es muy fácil arrepentirse. El dice que ellos buscan “atajos y respuestas fáciles, pensando que solamente confesiones apresuradas o suaves disculpas son suficientes” (The Broken Herat: Aplying the Atonement to Life‟s Experiences [SALT Lake City: Deseret Book Co., 1989], p. 150). El presidente Kimball dijo, muy frecuentemente, las personas, creen que se han arrepentido y son dignos de perdón cuando todo lo que ellos han hecho es expresar pena o remordimiento por un hecho desafortunado” ” (Teaching of Spencer W. Kimball p. 87).

Hay una gran diferencia entre “la tristeza que es según Dios [y] produce arrepentimiento” (2 Corintios 7:10), el cual incluye el sufrimiento personal y la fácil y relativa pena sin dolor de ser atrapado o la pena fuera de lugar que Mormón describe como “el lamento de los condenados, porque el Señor no siempre iba a permitirles que se deleitaran en el pecado” (Mormón 2:13). Alma el joven ciertamente entendió que la pena fácil y sin dolor no era una base suficiente para el arrepentimiento. Su experiencia, relatada en detalle en El Libro de Mormón es la mejor ilustración del hecho que el proceso de arrepentimiento está lleno de sufrimiento personal por el pecado.

Alma dijo que después que el fue detenido en su curso inicuo, él estuvo “en el mas tenebroso abismo” (Mosiah 29:29), “atormentaba mi alma un sufrimiento eterno…”.

“Sí, me acordaba de todos mis pecados he iniquidades por causa de las cuales yo era atormentado con las penas del infierno” (Alma 36:12-13). El dijo como “el pensamiento mismo de volver a la presencia de mi Dios atormentaba mi alma con indecible horror” (v. 14). El hablo de ser “atribulado [por] el recuerdo de [sus] muchos pecados” Alma 38:8)

Toda nuestra experiencia confirma el hecho de que debemos sobrellevar el sufrimiento personal en el proceso de arrepentimiento y por las transgresiones serias el sufrimiento puede ser severo y prolongado. Yo creo que cada uno de nosotros quiénes sean honestos con sí mismos reconocen la verdad de este principio. La hemos sentido en nuestras propias vidas, y lo hemos en las vidas de los otros.

También debemos observar que el sufrimiento personal a causa del pecado, es privado y no público. A menudo solo el pecador, el Señor y el siervo del Señor, saben lo que esta pasando. En contraste con la naturaleza pública del castigo inflingido por las leyes del hombre, el sufrimiento que conduce a la misericordia bajo las leyes de Dios, es intensamente personal.

El Salvador. ¿Qué pasa con el sufrimiento del Salvador? Las leyes del hombre obviamente no toman en cuenta esto.

Bajo las leyes de Dios, el sufrimiento del Salvador por el pecado es de importancia suprema. El sufrimiento que impulsó la transgresor hacía el arrepentimiento es su propio sufrimiento. Pero, el sufrimiento que satisface las demandas de la justicia por todos los transgresores arrepentidos es el sufrimiento de nuestro Salvador y Redentor. El sufrió por los pecados de todos “para que no padezcan, si se arrepienten” (DyC 19:16). En las grandiosas palabras de Isaías, “mas el herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). Si solo nos arrepentimos, el sufrimiento del Salvador ha pagado el precio de nuestros pecados.

Los sufrimientos de nuestro Salvador son diferentes en sumo grado a cualquier otro sufrimiento por el pecado. El sufrimiento del pecado es el sufrimiento del culpable. El sufrimiento del Salvador fue el sufrimiento del puro y sin mancha. Su sufrimiento fue enteramente inmerecido. “Él fue herido por nuestras transgresiones”, no por las suyas. Como el profeta Amulek lo explica; no hay nada, que no sea una “Expiación infinita” que pueda responder por los pecados del mundo (ver Alma 34:12). Y, como el apóstol Pedro dice, la que fue derramada y el sacrificio que fue hecho para redimirnos tenía que ser “la sangre preciosa de Cristo, como un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:19).

Para resumir la Expiación, no tiene contra parte en las leyes del hombre, y las leyes del hombre, y las leyes del hombre no toman en cuenta varios elementos del arrepentimiento y los diferentes tipos de sufrimiento que son considerados bajo las leyes de Dios.

En contraste con el castigo que es el resultado deseado en el juicio de una corte criminal, el propósito primario de la disciplina de la Iglesia es facilitar el arrepentimiento que califica al transgresor para la misericordia de Dios y la Salvación hecha posible a través de la expiación de Jesucristo. El sufrimiento personal es inevitablemente parte de este proceso, pero no es su propósito.

La disciplina de la Iglesia no es un instrumento de castigo, sino que un catalizador para el cambio. El propósito del sufrimiento personal que debe ocurrir como parte del proceso de arrepentimiento, no es castigar al transgresor, sino cambiarlo. EL corazón quebrantado y el espíritu contrito, requerido para “reponer ante los requerimientos de la ley” (2 Nefi 2:7), introducen al transgresor arrepentido para el cambio necesario a fin de ajustar su vida al modelo prescrito por su Redentor. El mayor propósito de las leyes de Dios es perfeccionar la vida de sus hijos. Como el descarriado Coriantón, algunos transgresores tienen dificultad para entender “la justicia de Dios en el castigo del pecador” (Alma 42:1). Y ellos no entienden las condiciones de la misericordia. “¿Por qué debo sufrir?” Ellos preguntan. Ahora que he dicho lo siento ¿Por qué no pueden darme misericordia y olvidarse de esto?”. Tale preguntas tienen algo de valedero bajo las leyes del hombre. Bajo estas leyes, la misericordia puede robar a la justicia (tal como pasa en el perdón o la clemencia del ejecutivo).

En contraste bajo las leyes de Dios la misericordia no puede robar a la justicia. EL pecador debe arrepentirse o debe pagar el castigo completo del sufrimiento de sus propios pecados. EL propósito de las leyes de Dios es salvar al pecador no simplemente castigarlo. Consecuentemente no hay excepciones de las condiciones que un transgresor debe llenar para calificar para la misericordia necesaria para la salvación. El transgresor arrepentido debe ser cambiado, y las condiciones del arrepentimiento, incluyen la confesión y el sufrimiento personal, son esenciales para lograr ese cambio. Eximir a un transgresor de esas condiciones le privaría del cambio necesario para su salvación. No sería ni justicia ni misericordia.

Cambio de Vida

El contraste final entre la ley de Dios y la de los hombres tiene que ver con los diferentes niveles de preocupación con el cambio de vida.

Tendemos a pensar que el resultado del arrepentimiento es simplemente limpiarnos del pecado. Esto es un punto de vista incompleto sobre la materia. Una persona que peca es como u árbol que se dobla fácilmente con el viento. En un día lluvioso de viento el árbol puede inclinarse tan profundamente contra el suelo que las hojas se ensuciarían con el barro como el pecado. Si solamente nos enfocamos en limpiar las hojas, la debilidad que permite al árbol inclinarse y ensuciar las hojas puede permanecer. El solamente limpiar las hojas no fortalece al árbol, de la misma manera, una persona que solamente siente estar sucio por el pecado pecará de nuevo en la siguiente ventolera. La susceptibilidad de repetición continuara hasta que el árbol haya sido fortalecido.

Cuando una persona ha pasado por el proceso en lo que las escrituras llaman un corazón quebrantado y un espíritu contrito, el Salvador hace más que limpiar a esa persona del pecado, él le da una nueva fuerza.

La nueva fuerza que recibimos es esencial para que realicemos el propósito de nuestra limpieza del pecado, el cual es regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Para ser admitidos en su presencia debemos ser más que limpios. Debemos también ser cambiados de una persona moralmente débil quien ha transgredido a una persona fuerte con la estatura espiritual para habitar en la presencia de Dios. Debemos, como las escrituras lo dicen “[llegar a ser] santo por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19). Esto es lo que las escrituras quieren decir en su explicación de que una persona que se ha arrepentido de sus pecados lo abandonara (DyC 58:43). El abandono de los pecados es más que resolver no repetirlos. EL abandono incluye un cambio fundamental en el individuo.

El rey Benjamín y Alma hablaron de un “potente cambio en nosotros o en nuestros corazones”. La congregación del rey Benjamin describió este poderoso cambio al decir que ellos ya “no tenían más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosiah 5:2). Alma ilustró ese cambio de corazón cuando describió a gentes quienes “habían nacido de Dios”, “poniendo su confianza en [el]”, y fueron “fieles hasta el fin” (Alma 5:7, 13). El desafió a otros a “mirar más delante con el ojo de la fe” hacia el tiempo cuando “estaremos delante de Dios para ser juzgados” de acuerdo con nuestras obres (v. 15). Las personas quienes han tenido ese cambio en sus corazones han logrado la fuerza y la estatura para morar con Dios. A eso es a lo que llamamos se salvo.

Antes de concluir, deseo discutir dos temas relacionados de especial interés para los jóvenes y por lo tanto de vital  importancia para los hombres y mujeres que les enseñan.

EVITE EL PECADO

Algunos santos de los últimos días quienes erradamente piensan que el arrepentimiento es fácil sostienen que pecar un poquito no los dañará. Los jóvenes con esta idea pueden decir “está bien si tenemos algunas libertades ya que es fácil arrepentirse antes de la misión o el matrimonio”. Las versiones de los adultos son más sofisticadas y más perniciosas. Quizás alguno asegurará que una persona es mejor después que ha pecado”, dice uno de sus argumentos, “y entonces estarás en mejor condición para aconsejar y comprender al pecador. Siempre te puedes arrepentir”.

Yo ruego mis hermanos y hermanas, mis jóvenes amigos y mis amigos mayores, ¡eviten la transgresión!. La idea que uno puede deliberadamente pecar y fácilmente arrepentirse o que uno es mejor después de haber pecado y haberse arrepentido son mentiras diabólicas del adversario. ¿Alguien discutiría seriamente que es mejor aprender de primera mano que cierto golpe le quebrara un hueso o que cierta mezcla química le quemara la piel?. ¿Somos mejores después de defender y entonces escapar de tales heridas?. Es obviamente mejor hacer caso de las advertencias de las advertencias de personas sabias que conocen los efectos de ciertos traumas en nuestros cuerpos.

Tal como nos podemos beneficiar de las experiencias de otro en materias tales como esta, también nos podemos beneficiar de las advertencias contenidas en los mandamientos de Dios. No tenemos que haber tenido experiencias personales con el efecto de las transgresiones serias para saber que ellos son dañinos para nuestras almas y destructivas para nuestro eterno bienestar.

Hace algunos años uno de nuestros hijos me preguntó porque no era una buena idea probar el alcohol y el tabaco para ver como eran. El conocía la Palabra de Sabiduría y también conocía los efectos de estas sustancias pero él estaba cuestionando el porque él no podía probarlos por sí mismo. Le repliqué que si quería probar algo él debía ir al patio de la granja y probar un poco de estiércol. Él retrocedió con horror “Oh, eso es estúpido” él reaccionó.

“Me alegró que lo pienses”, dije, “pero ¿por qué no vas y lo pruebas para que lo conozcas por ti mismo?. Si te estás proponiendo probar una cosa que sabes que no es buena para ti, ¿por qué no aplicas ese principio a algunas otras?”. Esa ilustración de la tontería de “tratar por si mismo” probó, ser persuasiva para alguien con dieciséis años.

ESPERANZA VERSUS DESANIMO

Hable anteriormente de las personas que piensan que el arrepentimiento es muy fácil. Hay muchos de los tales entre los jóvenes. Al extremo opuesto están aquellos que piensan que el arrepentimiento es demasiado difícil. Nuestra juventud incluye a muchos de esos también. Este grupo de almas son corazones tan tiernos y tan escrupulosos que ellos ven el pecado donde quiera en sus propias vidas y se desesperan por alguna vez llegar a ser limpios. Un llamado al arrepentimiento que es suficiente claro y suficientemente fuerte para animar el cambio en él puede producir un desanimo paralizante en el escrupuloso. La dosis de doctrina que es suficientemente fuerte para penetrar la dura concha del grupo indolente puede probar ser una dosis masiva para el escrupuloso. Este es un problema común. Los maestros se dirigen a una audiencia diversa cada vez que hablan, y nunca estamos libres de la realidad que una baja dosis de doctrina es una sobre dosis de doctrina para otros.

Como maestros de la juventud, debemos hacer un esfuerzo especial para contraatacar del desánimo y la desesperación que Satanás usa tan diestramente para sobreponerse a esta lucha. El presidente Efra Taft Benson dio un consejo inspirado sobre este tema escribiendo en el Ensing el primer año de su presidencia con titulo “No desesperes” él dijo.

“Vivimos en una época como cuando el Señor lo predijo, el corazón de los hombres desfallece, no solo físicamente sino también en espíritu. (vea DyC 45:26). Muchos han rendido sus corazones en la batalla de la vida. Según los índices del suicidio es una causa mayor de  muerte entre los jóvenes universitarios. Al aproximarse el encuentro final entre el bien y el mal con las pruebas y tribulaciones que lo acompañan, Satanás está tratando de cada vez más de vencer a los santos con desesperación, desanimo, desaliento y depresión.

“Aún, de toda la gente, nosotros como santos de los últimos días debemos se lo más optimistas y lo menos pesimistas. Porque nosotros sabemos „que la paz será quitada de la tierra, y el diablo tendrá poder sobre su propio dominio‟, nosotros también estamos seguros que „ el Señor tendrá poder sobre todos sus santos y reinará en medio de ellos‟. (DyC 1:35-36)”. (Oct. 1986 p. 2).

El presidente Benson entonces repasó una docena de maneras en que nosotros podemos combatir el desaliento, incluyendo el arrepentimiento, la oración, el servicio, las bendiciones del sacerdocio, música edificante y simplemente paciencia. En la última sugerencia el dio este consejo memorable: “Hay tiempos cuando usted simplemente tiene que aguantar y aguantar al diablo hasta que su espíritu depresivo le deje” (“No desesperes”).

Me gusta eso creo que llegará a sus jóvenes también. Dénles las maneras del profeta para combatir el desanimo y desprecio, y díganles que habrá tiempos en que ellos van a tener que “aguantar mas que el diablo”. Si ese es el único recurso el Señor les ayudará en tener éxito por ese medio. Una de las técnicas más potentes de Satanás para desanimarlos es negar el poder de la Expiación, persuadiendo al pecador de que Dios no puede o no va a perdonarlo. O, él puede tratar de persuadir al pecador que esta tan pervertido que él no debe perdonarse a sí mismo. Deberíamos enseñarle al desanimado que parte del proceso del arrepentimiento es dejar ir nuestros pecados, para llevarnos a Dios y seguir su ejemplo al perdonarnos a nosotros mismos tal como él nos perdona.

En conclusión el presidente Benson dijo: “podemos elevarnos por sobre los enemigos de desesperación, la depresión, el desanimo, el desaliento recordando que Dios provee las alternativas correctas, algunas de las cuales he mencionado, como lo declara la Biblia „ no os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que os dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar‟ (1º Corintios 10:13)” (“No desesperes” p. 5).

Espero que ayuden a sus estudiantes a sentir su relación con Dios, a sentir su preocupación por ellos, y sentir su amor por ellos. Ese amor se manifiesta en la Expiación, y aceptamos ese amor cuando practicamos el principio del arrepentimiento.

El arrepentimiento es un proceso continuo que todos necesitamos porque “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la presencia de Dios” (Romanos 3:23). Enseñen a sus estudiantes que un completo arrepentimiento es posible y que después de eso el perdón es seguro.

Cuan preciosa es la promesa de Dios de que él “ha depurado nuestros corazones de toda culpa, por los méritos de su Hijo” (Alma 24:10).

Cuan reconfortante es la promesa que “si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos” (Isaías 1:18).

Cuan gloriosa es la promesa de Dios “Quien se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor no los recuerdo más” (DyC 58:42; ver también Jeremías 31:34; Hebreos 8:12).

A través del sacrificio expiatorio ha traído lo que Amulek llama “las entrañas de misericordia, sobrepuja la justicia” (Alma 34:15).

La relación entre la justicia y la misericordia y la Expiación no esta en ninguna parte más sucintamente o más bellamente expresado que por Elisa R. Snow en el quinto verso de ese maravilloso himno “Cuan grande es el amor de Dios”:

¡Cuán grande, cuán glorioso, cuan completo, el gran designio de la redención, donde justicia amor y misericordia encuentran en divina armonía! (Himno 195).

Y de esta manera unimos nuestras voces con el profeta Jacob que declara que “mi alma también se deleita en los convenios el Señor… …en su gracia, y en su justicia, y poder, y misericordia en el gran y eterno plan de redención del la muerte (2 Nefi 11:5).

En el nombre de Jesucristo. Amén.