El punto de vista de los Santos de los Últimos Días sobre Mahoma

El contemplar a Mahoma desde el punto de vista del Evangelio restaurado proporciona un mayor conocimiento del amor de nuestro Padre Celestial por Sus hijos de todas las naciones.

Hace unos años recibí una llamada telefónica de dos miembros de la Iglesia de los Estados Unidos que habían trabado amistad con un vecino musulmán paquistaní. Cuando compartieron con él el relato de la Primera Visión de José Smith, su reacción les sorprendió. Tras dejar claro que los musulmanes no aceptan a ningún profeta después de Mahoma, dijo que el relato de José Smith tenía ciertas semejanzas con el de Mahoma. Él dijo: “Creemos que Mahoma se encontró con un mensajero divino que le informó de su nuevo llamamiento como profeta. Recibió revelaciones de una nueva Escritura que contiene la palabra de Dios para la humanidad y estableció una comunidad de creyentes que llegaron a formar una religión de gran importancia para el mundo”. Como sabían poco sobre los musulmanes, el Islam* y Mahoma, aquellos miembros de la Iglesia no estaba seguros de cómo responder.

Las cuestiones derivadas de esa experiencia aluden a un interrogante más amplio que atañe a todos los Santos de los Últimos Días en vista de la presencia mundial de la Iglesia y de la creciente diversidad entre las sociedades en las que vivimos: ¿Cuál es la actitud adecuada de los Santos de los Últimos Días ante las afirmaciones de otras religiones de que tienen profetas, Escrituras, visiones y milagros divinamente inspirados? Lo siguiente puede resultar útil y se basa en la comprensión del Evangelio que he ido adquiriendo a lo largo de los años que he vivido en sociedades musulmanas y estudiado su cultura. El ver el papel de Mahoma en la historia de las religiones desde el punto de vista del Evangelio restaurado nos proporciona una gran comprensión de la historia de uno de los líderes espirituales más influyentes de la historia. También nos permite apreciar el amor de nuestro Padre Celestial por Sus hijos en todas las naciones y nos da principios para guiarnos en la edificación de relaciones positivas con amigos y vecinos de otras creencias.

Pensamientos Sobre las Relaciones Interconfesionales

El presidente Gordon B. Hinckley ha abogado una y otra vez por el diálogo y el respeto mutuo en las relaciones interconfesionales, y ha aconsejado a los miembros de la Iglesia que “[cultiven] un espíritu de gratitud” por las personas que tienen creencias religiosas, políticas o filosóficas diferentes de las nuestras, y añadió que, al hacerlo, “de ningún modo tenemos que comprometer nuestra teología”. Él dio el siguiente consejo: “Sean… respetuosos con las opiniones y los sentimientos de las demás personas. Reconozcan sus virtudes; no se fijen en sus debilidades. Busquen los dones y las virtudes de ellas, y ustedes encontrarán dones y virtudes que les serán de utilidad”1.

El hincapié que hace el presidente Hinckley en la edificación del entendimiento entre confesiones tiene sus raíces en los principios básicos del Evangelio —la humildad, la caridad, el respeto por la verdad eterna y el reconocer el amor que tiene Dios por toda la humanidad— que enseñaron Jesús y los profetas, tanto antiguos como modernos. El Salvador afirmó en repetidas ocasiones el hondo interés que nuestro Padre Celestial tiene por el bienestar de cada uno de Sus hijos e hijas, como en el caso de la parábola de la oveja perdida (véase Lucas 15). En la parábola del buen samaritano, Él enseñó que una de las claves del verdadero discipulado es tratar a los demás con bondad y compasión a pesar de las diferencias políticas, raciales o religiosas (véase Lucas 10:25–37). Censuró la intolerancia y la rivalidad entre los grupos religiosos y la tendencia a ensalzar nuestras propias virtudes y menospreciar el nivel espiritual de los demás. Dirigiéndose en una parábola a los que “confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros”, Jesús condenó el orgullo del fariseo que oraba diciendo: “…Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres”; y alabó la humildad del publicano, que oraba de esta manera: “…Dios, sé propicio a mí, pecador” (véase Lucas 18:9–14).

En el Libro de Mormón se enseña que nuestro Padre Celestial “se acuerda de todo pueblo, sea cual fuere la tierra en que se hallaren… y sus entrañas de misericordia cubren toda la tierra” (Alma 26:37; véase también 1 Nefi 1:14). Debido al amor que tiene por todos Sus hijos, el Señor les ha proporcionado luz espiritual para que les sirva de guía y tengan una vida más plena. El élder Orson F. Whitney (1855–1931), del Quórum de los Doce Apóstoles, señaló que Dios “se vale no sólo de los del pueblo del convenio, sino también de otras personas, para realizar esta obra asombrosa, maravillosa y, en realidad, demasiado ardua para que este pequeño puñado de santos la realicen por sí solos”2.

El élder B. H. Roberts (1857–1933), de los Setenta, también habló de esta doctrina: “Aunque La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se ha establecido para la instrucción de los hombres y es uno de los instrumentos de Dios para dar a conocer la verdad, Él no está limitado a esa institución para llevar a cabo tales propósitos, ni en tiempo ni en lugar. Dios levanta a hombres sabios y a profetas aquí y allá entre todos los hijos de los hombres, de su propia lengua y nacionalidad, que les hablan a través de medios que pueden comprender… Todos los grandes maestros son siervos de Dios, en todas las naciones y en todas las épocas. Son hombres inspirados, designados para instruir a los hijos de Dios de acuerdo con las condiciones del tiempo y del lugar en los que se encuentren”3.

El profeta José Smith (1805–1844) solía hablar acerca del tema de la universalidad del amor de Dios y de la necesidad consiguiente de permanecer receptivos a todos los recursos disponibles de luz y conocimiento divinos. “Uno de los sublimes principios fundamentales del ‘mormonismo’ es recibir la verdad, sea cual fuere su origen”4. El Profeta exhortó a los miembros de la Iglesia a “recoger todos los principios buenos y verdaderos que hay en el mundo” y atesorarlos5.

Los líderes de la Iglesia han exhortado continuamente a los miembros a fomentar relaciones positivas con las personas de otras confesiones al reconocer la verdad espiritual que éstas poseen, haciendo hincapié en las semejanzas que existen en las creencias y el estilo de vida. Los líderes de la Iglesia nos enseñan a disentir de manera placentera. El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Quórum de los Doce Apóstoles, habló al respecto a los Santos de los Últimos Días y a los miembros de otras religiones durante una conferencia de área celebrada en Tahití: “Conserven toda la verdad y todo lo bueno que poseen. No abandonen ningún principio bueno y sólido. No renuncien a ninguna norma del pasado que sea buena, justa y verdadera. Nosotros creemos toda verdad que se encuentre en cualquier Iglesia en el mundo: Vengan y participen de la luz y la verdad adicionales que Dios ha restaurado hoy día. Cuanto más verdad tengamos, mayor será nuestro gozo aquí y ahora; cuanto más verdad recibamos, mayor será nuestro galardón en la eternidad”6.

Durante la conferencia general de octubre de 1991, el presidente Howard W. Hunter, en ese entonces Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Como miembros de la Iglesia de Jesucristo, procuramos reunir toda verdad; buscamos agrandar el círculo de amor y comprensión entre todas las gentes de la tierra. Por eso nos esforzamos por establecer la paz y la felicidad, no sólo dentro del mundo cristiano sino entre todo el género humano”7.

De igual modo, el élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles, citó una declaración pública de la Primera Presidencia y del Quórum de los Doce Apóstoles fechada en octubre de 1992, en la que se llamaba “a toda la gente dondequiera que esté a comprometerse nuevamente a los ideales siempre honrados de la tolerancia y el respeto mutuos. En forma muy sincera creemos que al reconocernos los unos a los otros con consideración y compasión, descubriremos que todos nosotros podemos coexistir en forma pacífica a pesar de nuestras profundas diferencias”. Entonces agregó: “Esa declaración es una confirmación contemporánea de la súplica anterior del profeta José Smith con respecto a la tolerancia. Podemos responder en forma unánime; juntos podemos ser intolerantes ante la transgresión, pero a la vez ser tolerantes con nuestros vecinos que tengan diferencias que consideren sagradas. Nuestros queridos hermanos y hermanas de todo el mundo son hijos de Dios”8.

El Interés de los Santos de los Últimos Días En Mahoma

Uno de los notables ejemplos de la empresa de los Santos de los Últimos Días de atesorar principios verdaderos es la admiración que durante años han expresado los líderes de la Iglesia hacia las contribuciones espirituales de Mahoma.

Ya en 1855, en una época en la que la literatura cristiana solía ridiculizar a Mahoma, los élderes George A. Smith (1817–1875) y Parley P. Pratt (1807–1857), del Quórum de los Doce Apóstoles, pronunciaron largos discursos que demostraban un entendimiento exacto y equilibrado de la historia del islamismo, y ensalzaban el liderazgo de Mahoma. El élder Smith señaló que Mahoma era “descendiente de Abraham y no había duda de que había sido levantado por Dios con el propósito” de predicar en contra de la idolatría. El élder simpatizaba con la situación difícil de los musulmanes, quienes, al igual que los Santos de los Últimos Días, tenían dificultades para que se escribiera “una historia correcta sobre ellos”. A continuación, el élder Pratt expresó su admiración por las enseñanzas de Mahoma, afirmando que “por lo general… [los musulmanes] tienen mejores normas morales y mejores instituciones que muchas naciones cristianas”9.

La estima que los Santos de los Últimos Días tienen del papel de Mahoma en la historia se puede encontrar también en la declaración que la Primera Presidencia realizó en 1978 respecto al amor de Dios por toda la humanidad. En dicha declaración se menciona específicamente a Mahoma como uno de “los grandes líderes religiosos… de la humanidad” que recibió “una porción de la luz de Dios”, y afirma que “[Dios] dio [a esos líderes] verdades morales para que iluminaran a todas las naciones y brindaran a las personas un nivel más elevado de comprensión”10.

En años recientes, el respeto por el legado espiritual de Mahoma y por los valores religiosos de la comunidad islámica ha conducido a un incremento en el contacto y en la cooperación entre los Santos de los Últimos Días y los musulmanes de todo el mundo. Esta cooperación se debe en parte a la presencia de congregaciones de Santos de los Últimos Días en zonas como las costas orientales del Mediterráneo, el norte de África, el Golfo Pérsico y la zona sudeste de Asia. La Iglesia ha respetado las leyes y las tradiciones islámicas que prohíben la conversión de los musulmanes a otras religiones, adoptando para ello una política no proselitista en los países islámicos de Oriente Medio.

Aún así, abundan los ejemplos de diálogo y cooperación, incluso las visitas a las Oficinas Generales de la Iglesia en Salt Lake City por parte de dignatarios musulmanes; el uso de las plantas de envasado de la Iglesia por parte de musulmanes para la elaboración de alimentos halal (purificados mediante un ritual); el envío de ayuda humanitaria a zonas predominantemente musulmanas como Jordania, Kosovo y Turquía; acuerdos académicos entre la Universidad Brigham Young y diversas instituciones académicas y gubernamentales del mundo islámico; la existencia de una Asociación de Estudiantes Musulmanes en BYU; y la creciente colaboración entre la Iglesia y las organizaciones islámicas para salvaguardar los valores tradicionales de la familia en todo el mundo11. El inicio reciente del Programa de Traducciones Islámicas, patrocinado conjuntamente por BYU y la Iglesia, ha derivado en una serie de intercambios importantes entre dirigentes musulmanes y líderes Santos de los Últimos Días. Un embajador musulmán de las Naciones Unidas predijo que este programa de traducciones “jugará un papel positivo en el deseo de los países occidentales de tener una mejor comprensión del Islam”12.

Estos ejemplos de interacción entre Santos de los Últimos Días y musulmanes, junto con el establecimiento en 1989 de dos importantes centros de la Iglesia para el intercambio educativo y cultural en el Medio Oriente (Jerusalén y Amman), reflejan el respeto tradicional que los líderes de la Iglesia han demostrado desde tiempos antiguos por el Islam. Esas actividades son evidencia palpable de la empresa de los Santos de los Últimos Días por promover un mayor entendimiento del mundo musulmán y son evidencia del papel emergente que juega la Iglesia a fin de salvar las distancias que históricamente han existido entre musulmanes y cristianos. Un ministro de gobierno de Egipto, consciente de lo que los musulmanes y los Santos de los Últimos Días tienen en común, dijo en una ocasión al élder Howard W. Hunter, en aquel entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, que “si alguna vez se edificara un puente entre el cristianismo y el Islam, lo debería construir la Iglesia Mormona”13.

La Vida de Mahoma

Entonces, ¿quién fue Mahoma y qué hay en su vida y en sus enseñanzas que ha despertado el interés y la admiración de los líderes de la Iglesia? ¿Qué puntos fuertes y virtudes podemos hallar en la experiencia musulmana que, como ha sugerido el presidente Hinckley, resultarán útiles para nuestra propia vida espiritual?

En los albores del siglo XXI, el Islam es una de las religiones más grandes y de mayor crecimiento en todo el mundo. Actualmente hay más de mil millones de musulmanes, casi un quinto de la población mundial, distribuidos principalmente por el sudeste de Asia, la India, el Oriente Medio y el norte de África, y hay poblaciones importantes en Europa y Norteamérica. Algunas proyecciones indican que el Islam llegará a ser la religión más numerosa del mundo durante la primera mitad de este nuevo siglo. Las raíces de este dinámico y, para algunos, incomprendido movimiento religioso, se remontan catorce siglos en el tiempo hasta los humildes comienzos y la labor fundacional de Mahoma, a quienes los musulmanes consideran que fue el último de una línea de profetas enviados por Dios para enseñar el Islam al mundo.

Mahoma, palabra árabe que significa “alabado”, nació aproximadamente en el año 570 e.c.14, en la Meca, una próspera ciudad que era el centro de intercambio comercial de caravanas y de peregrinajes religiosos en el noroeste de la península arábiga. Huérfano desde la infancia, tuvo una adolescencia sumida en la miseria; trabajó cuidando ganado para otros familiares y vecinos, ocupación que le permitía disponer de abundante tiempo para estar a solas y reflexionar en los grandes interrogantes de la vida. Entre sus convecinos, Mahoma se ganó una reputación de árbitro y pacificador de confianza, tal y como señala el relato siguiente:

“En cierta ocasión, los Quraish [la tribu de Mahoma] decidieron reconstruir la Ka’ba [el santo lugar], para volver a fijar las piedras encima de los cimientos. En una de las esquinas querían poner la piedra negra, pero no podían llegar a un acuerdo sobre quién debería tener el honor de colocarla. Habrían reñido violentamente si [Mahoma], el joven al que todos admiraban y en el que confiaban, no se hubiera aparecido por allí. [Le] pidieron… que solucionara la disputa. Les dijo que extendieran un gran manto y pusieran la piedra negra en medio, lo cual hicieron. Luego pidió a un hombre de cada uno de los cuatro clanes que disputaban, que tomara una de las esquinas del manto; de ese modo, todos compartieron el honor de portar la piedra”15.