Buen Samaritano, ¡si es que hay tiempo!

En 1977, los Psicólogos Sociales John Darley y Dan Batson investigan el comportamiento individual de unos estudiantes de seminario de Princeton que preparan un sermón sobre la parábola del Buen Samaritano. Los seminaristas deberán dar el sermón en un estudio que hay al otro lado del campus y serán evaluados por sus supervisores. Cuando cada estudiante finaliza su preparación, se le dice:

  1. que llega tarde al lugar donde debe dar el sermón, que ya hace rato le esperan y que debe apresurarse para llegar al estudio.
  2. que aún le queda mucho tiempo hasta dar el sermón, pero que ya puede encaminarse hacia el estudio.

La única diferencia entre las dos condiciones es la sutil manipulación de la presión del tiempo. Los investigadores sienten la curiosidad por saber cómo afectará esta manipulación del tiempo al comportamiento de estos jóvenes que se preparan para toda la vida para servir al prójimo.

Mientras cada estudiante va andando a solas desde el aula de preparación hasta el estudio donde debe dar el sermón, se encuentra con una persona gimiendo en el suelo de un callejón y que, sin duda, necesita ayuda. Sin que el estudiante lo sepa, esta persona es un cómplice de los investigadores. Al hallarse solos en esta situación, lo seminaristas se enfrentan al dilema de elegir entre ayudar a un desconocido que sufre – como debería hacer todo buen samaritano – o pasar de largo para cumplir con la obligación de dar un sermón sobre la importancia de ser un buen samaritano. Se diría que para un seminarista “hacer el bien” debería tener prioridad sobre “hablar de hacer el bien” ¿verdad? ¡Pues no es así!

La mayoría de los estudiantes con la condición “con tiempo” se detienen a ayudar, que es una conducta coherente con la vocación que han elegido. Pero lo sorprendente es que el 90% de los estudiantes con la condición “con prisa” no se detienen a ayudar. Siguen de largo porque su pensamiento está centrado en no llegar tarde a la cita. En una entrevista posterior al estudio, todos los seminaristas dijeron haber visto a la persona en apuros.

Una manipulación simple y sutil del tiempo hizo que unas personas buenas y bien intencionadas colocaran sus preocupaciones inmediatas por delante del bienestar de “alguien que, a todas luces, necesitaba ayuda”. Muchos de los seminaristas actuaron de una forma que, probablemente, ellos mismos hallarían despreciable.

Lo que trato de explicar es algo sencillo y sutil, así, como estos seminaristas, a nosotros también nos puede suceder algo similar. Conversando con mi esposa me comento que en una ocasión estaba apremiada de tiempo para ir y retirar a nuestro hijo del colegio; en el cruce de calle en una avenida complicada, se encontró con una mujer de avanzada edad que necesitaba ayuda para cruzar, pero en vista del escaso tiempo no se detuvo para ayudarle en el cruce y siguió de largo, por lo que consiguió sacar a tiempo a nuestro hijo del colegio. Con esto no quiero decir que mi esposa sea una desalmada por no ayudar, solo que luego de esto, me dice: “que si la situación hubiese sido después de haber sacado a nuestro hijo del colegió, sin dudarlo, habría ayudado a la persona en apuros”. Y eso me consta, ya que en ocasiones cuando nos hemos puesto de acuerdo para juntarnos en el centro, he llegado antes y espero a que mi esposa llegue al rato, y siempre hay algo usual en su comportamiento, al observarla de lejos, no pierde ocasión en ayudar a un ciego a dirigir su camino aunque tenga que devolver su camino, o entregar una moneda, o indicar direcciones con lujo de detalles a quien este perdido, o ayudar a subir o bajar bolsos a quien lo requiera.

Entonces después de hablar con mi esposa de otras situaciones similares, la conclusión es siempre la misma: la cantidad de “tiempo disponible” colocaran nuestras preocupaciones inmediatas por delante del bienestar de alguien que, a todas luces, necesita ayuda.

Nuestra experiencia (al menos la mía) con este estudio y conversaciones posteriores me hizo consciente de ¿qué es lo que me impide aportar en el bienestar de alguien que necesite ayuda?, y que es claramente la falta de tiempo y nuestras preocupaciones inmediatas; y esto en muchas situaciones donde podría aplicar el ser altruista como se espera de nosotros.

Más que falta de tiempo, es la disposición a organizar las actividades personales, de tal forma que la falta de tiempo no sea la causal de mi inexcusable insensibilidad hacia quienes me rodean.

Entonces teniendo clara mi falta y teniendo consciencia del ¿qué?, solo me queda el actuar, y saber el ¿cómo?, conseguir (organizar) suficiente tiempo para actividades personales (trabajo, familia, tiempo libre, etc.) para lograr en definitiva ayudar, ayudarme, y en fin, saber que hago todo cuanto esta de mi parte para lograr el altruismo que necesitamos en la vida.

Mi experiencia, una vez logrado el tiempo por medio de la organización (el cómo) dice que: al final de todo el esfuerzo (constante) en la organización y manejo del tiempo… el tiempo sobra, y mucho tiempo, esto, para no dejar pasar las oportunidades donde se requiera ayudar a otros, compartir con los tuyos, y tener tu propio espacio de “tiempo libre”.